Viernes.
Como tantos otros viernes, la niebla cubre Santiago y lo acaricia con
el leve orballo
tan característico de nuestra ciudad compostelana. Pero este fue un
inicio de fin de semana diferente, al menos para mí. Me encuentro en
su casa, ultimando detalles: la grabadora, papel y boli... lo típico
de los periodistas (aún siendo un proyecto de periodista). Preparamos
Colacao, puesto que a Anónima1 no le gusta el café. Empezamos
hablando de trivialidades pero pronto la conversación derivó en "te
voy a contar esa historia que ya sabes, para Café con Costoya...".
Nos fuimos para el salón, la alfombra de estilo persa y las vigas en
madera vista que configuran el techo del ático donde vive nos
proporcionaron el ambiente cálido y relajado para que un relato de
tal calibre fuese contado.
Tengo que agradecer que Anónima1 haya querido compartir su historia con todos nosotros, la verdad, nunca creí que ella quisiese compartir este relato, que además es bastante reciente. Ella me deja claro que el contarlo le permite no sólo pasar página, sino que quiere empezar un libro nuevo. El tragaluz retumba con el sonido de la lluvia, que ha sustituído al orballo. Anónima1 da un sorbo al ColaCao y me mira fijamente mientas su boca ya dibuja el inicio de su relato:
Tengo que agradecer que Anónima1 haya querido compartir su historia con todos nosotros, la verdad, nunca creí que ella quisiese compartir este relato, que además es bastante reciente. Ella me deja claro que el contarlo le permite no sólo pasar página, sino que quiere empezar un libro nuevo. El tragaluz retumba con el sonido de la lluvia, que ha sustituído al orballo. Anónima1 da un sorbo al ColaCao y me mira fijamente mientas su boca ya dibuja el inicio de su relato:
Empezamos
como amigos: chatendo y jugando a la vez. Tras dos años de colegueo
y noches enteras sin dormir para jugar juntos al juego online,
descubrimos entonces que la cosa se hacía más profunda a cada
click del ratón.
El
problema: los 900 kilómetros que nos separaban.
Varias
veces intentamos vernos, pero siempre surgía algún imprevisto de
última hora que obligaba a Juan a cancelar los planes: la
primera vez un accidente de tráfico, la segunda vez no pudo porque
lo ingresaron en el hospital de urgencia, ya no me acuerdo de las
demás veces... imprevistos que me desanimaban a intentarlo de nuevo,
para vernos cara a cara.
Aún
así, no perdí la esperanza. Seguíamos chateando en whatsapp,
llamándonos por teléfono y jugando al juego online, pero noté que
algo estaba cambiando: cada vez estaba como más apagado, más
negativo y con la autoestima a la altura del betún.
Un noche
mientras disfrutaba de la cena con una amiga, recibí un inquietante
whatsapp de Juan:
"Estoy
harto de ser un fracasado, voy a terminar con todo".
Dejé
a mi amiga con el churrasco en la boca y corrí hacia la salida del
bar. Entre lágrimas lo convencí de que suicidarse era muy mala idea
(risas). El accedió y pidió perdón por haberme alarmado y
me prometió que no iba a hacer ninguna locura.
Más
calmada, ese el fue el momento justo en el me di cuenta de algo muy
importante: quizás Juan no quería una relación, sino alguien
que estuviera pendiente de él.
Llegó
el verano y por fin nos pudimos conocer cara a cara. Vino 3 dias al
pueblo donde vivía y en esos 3 días compartimos los inicios de
nuestra relación sentimental.
Me
alegré mucho, no sólo porque él me gustaba e íbamos a empezar
nuestra relación juntos después de tanto tiempo y tantos problemas,
sino también como amiga, porque por fin él iba a hacer algo productivo
con su vida.
Busqué
un piso muy bonito para los dos, y por cierto, muy caro. Pero no
importaba, porque habíamos acordado pagar el alquiler a medias.
Estaba
muy emocionada, voy a reconocerlo. La vida me había destinado hacía
poco el quedarme huérfana absoluta, y por lo tanto, la necesidad de no
estar sola hizo que cayera más facilmente en esta futura relación
sentimental de convivencia acelerada y, por qué no decirlo, algo
descabellada, si lo pienso en frío. Ahora me doy cuenta de todo esto
y de más cosas, pero en realidad estaba muy enamorada de él, y
el amor, como ya se sabe, es ciego.
Llegó
el día. Juan hizo las maletas, cogió su coche y se dirigió
hacia mi pueblo. Me dijo que había avisado a todos
de su viaje y decisión: sus padres con los que vivía, sus hermanos,
sus amigos... salía de su ciudad por la mañana y después de más o
menos 12 horas conduciendo, llegaría pasadas las 23 horas..."
La
sala se queda en silencio. Anónima1 hace una pausa para coger una
galleta y mientras la come, intenta recordar con exactitud todo lo
sucedido después. Doy un sorbo a mi ColaCao mientras la observo con
inquietud. Su semblante está dividido entre la nostalgia y la
decepción. No puedo evitar interpretar su cara de esa manera, puesto que el
desenlace del relato ya lo conozco. Aún así, no dejo de
sorprenderme cada vez que volvemos a hablar del tema, puesto que
Anónima1 siempre desvela nuevos retales de la retorcida tela de
araña en la que, sin querer, se vio envuelta. De nuevo, Anónima1
retoma la historia que me contaba. Su gata, que hasta entonces
parecía estar entre dormir o permanecer despierta, abre sus ojos preciosos verdeazulados y dirije la vista para observar a su dueña, pues parece que
ella también ha estado escuchando todo lo sucedido hasta ahora y,
desde luego, no quiere perderse el final de la historia.
"...Empecé
a sospechar que algo no iba bien cuando Juan me informó de
que había tenido una avería con el coche a la altura de Madrid, y
que tardaría 4 días en ser reparada. Durante la espera, Juan
se hospedaría en casa de unos amigos. Mientras tanto yo, preocupada,
tomaba decisiones importantes sobre mi vida, que también lo incluían a
él, pero que no vienen al caso nombrar.
Pasaron
los 4 días y Juan retomó el viaje con el coche perfectamente
reparado, asegurando que llegaría al pueblo alrededor de las 3 de la
mañana del día siguiente.
Entre
conversación y conversación por whatsapp, empecé a recibir
mensajes extraños por su parte. De alguna forma parecía como si
estuviese intentando que yo me enfadase con él. La guinda
llegó en forma de sutil confesión: durante la breve estancia en
Madrid, no había podido evitar liarse con una amiga que
llevaba tiempo detrás de él.
Fui
demasiado comprensiva y busqué por encima de todo mantener la
amistad y le dije que no pasaba nada, que los planes seguían
adelante y que todo se solucionaba hablando.
Tras
estas buenas intenciones por mi parte, todo fue silencio por la suya.
Ni whatsapps, ni llamadas, ni nada. Esperé despierta hasta las 3 de
la mañana y al ver que a las 4 de la mañana no tenía noticias de
Juan, empecé a preocuparme seriamente. Tanto me preocupé,
que hasta decidí llamar a la Dirección General de Tráfico para
asegurarme de que no había ocurrido ningún accidente en la ruta que
Juan seguía. Tras la negativa, empecé a temerme lo peor, que
se dividía en dos posibles situaciones: o bien había
tenido un accidente cerca o en alguna carretera secundaria, o bien yo
misma había sido terriblemente engañada.
Recuerdo
que no dormí esa noche. Se me pasaron las horas dándole vueltas a
esas dos hipótesis y comprobando el móvil cada 5 minutos.
Cuando
desperté, sobre las 11 de la mañana, intenté contactar de nuevo
con él y en repetidas ocasiones, pero no hubo respuesta.
Decidí llamar a los padres de Juan. Tengo que aclarar que el
día que Juan me había anunciado sus intenciones de quitarse
la vida, tras una breve regañina, conseguí sonsacarle el teléfono
de sus padres, que yo usaría en caso de urgencia, por si él volvía
a tener ganas de hacer alguna tontería.
Se
me cayó el alma a los pies tan pronto colgué el teléfono. El padre
me confirmó que había visto a Juan esa misma mañana, cuando
teóricamente llevaba días de viaje y no era posible que estuviese
en su ciudad al mismo tiempo.
Ante
esta prueba irrefutable, intenté contactar con él desesperadamente.
Y por si la prueba de sus padres no fuera poco, alguien desde el
teléfono de Juan empezó a contestar a mis whatsapps
asegurando que no era Juan y que era un ladrón que le había robado
el móvil, y éste me ordernaba que tenía que desistir en contactar
con Juan.
Me
di cuenta de que todo era un engaño, incríble sí, lo sé, pero cierto.
Conseguí
finalmente hacer que Juan constestara y confesara, haciendo un poquito chantaje emocional: que él estaba siendo cruel, que yo estaba
sufriendo por no saber qué pasaba realmente... y esta fue su
respuesta. Según él, a la altura de Madrid, había dado la vuelta
en dirección a su ciudad. Le había entrado el miedo de repente al
pensar en la idea de dejar a sus padres e independizarse conmigo, ya fuera
como pareja o como compañeros de piso. Tengo que apuntar que Juan
tenía entonces 35 años.
Hablamos
por whatsapp, porque él no se atrevía a cogerme el teléfono. Le
expresé con toda mi rabia lo decepcionada que estaba con él, no
porque al final Juan no iba a venirse a vivir conmigo, ni
tampoco por su decisiones de última hora, sino que yo me sentía profundamente
decepcionada porque él me habia mentido, cuando se suponía que al
margen de lo que pasara sentimentalmente, éramos amigos, muy buenos
amigos. Bueno, también añado que estaba furiosa porque era un
egoista con mayúsculas, pues no se había parado a pensar ni un
segundo en que sus caprichos y mentiras tendrían repercusiones en mi
vida, que ya era complicada de por sí.
El
colofón a todo este martirio de engaños e inseguridades: Juan
aún fue capaz de acusarme de que para mí, irme de casa e
independizarme era muy fácil porque mis padres estaban muertos.
No
sentí odio, sentí un vacío muy grande al deshacerse, en tan sólo un
segundo, la imagen del Juan del que estaba enamorada. Su última
frase me abrió, por completo, los ojos que el amor me había
cerrado. Corté de inmediato la relación con él. Juan era
todavía un niño caprichoso – aún teniendo 35 años –, y decidí
que no iba a ser yo la persona que le iba a dar clases para crecer. "
la mini
entrevista
Costoya:
"¿Cómo y cuál fue el momento en el que te das cuenta de que
estás enamorada de Juan?"
Anónima1:
"De repente.... (suspiro) a mitad del segundo año, cuando hablo
con él a diario, pues somos capaces de hablar casi de cualquier
cosa y una parte de mi cabeza pensaba en él todo el tiempo"
Costoya:
"Una curiosidad, y contéstame a modo de reflexión, ¿crees que
realmente te enamoras de alguien que no has visto o te enamoras de
una ilusión?"
Anónima1:
"No sabría responder. Creo que sí que te enamoras, pero tiene
que surgir por las dos partes. Puedes llegar a conocer muy bien a
alguien a través de internet. Sólo si ese alguien también
quiere conocerte realmente, te mostrará su verdadero ser."
Costoya:
Y ya ahondando un poco más en la interacción de los juegos online,
¿es normal que surjan relaciones amorosas a través de este conocido
juego?"
Anónima1:
"La verdad es que sí. Que luego ya funcionen... es otra cosa".
Anónima1:
"Nunca, pero eso es lo que sucede siempre que te enamoras...
sólo piensas en lo bonito"
Costoya:
"Es verdad... y por cierto, ¿has tenido alguna otra
experiencia de este tipo con gente del juego online?"
Anónima1:
"He de admitirlo... ¡sí!, pero eso te lo cuento otro día"
(risas)
Costoya:
(risas) "¡vaya, vaya, vaya!, entonces... te pasa una vez ¿y no
quedaste escarmentada lo suficiente?"
Anónima1:
"Bueno... es lo malo de no perder la esperanza y ser como eres,
en una sociedad que ve lo que quiere ver, que juzga a los demás a la
ligera, y que está a la orden del día aparentar ser algo que no se es, por lo tanto es todo es una mentira. Pero siempre acaba saliendo la realidad a
la luz, como se comprueba con el caso perdido de Juan"
Costoya:
¡Bien hablado! No te falta razón: Y ya para acabar y también ya
que sacas de nuevo el nombre de Juan, ¿hubo algún capítulo nuevo
desde entonces?
Anónima1:
"Sí, lo debo confesar. Hace una semana, por curiosidad, volví
a contactar con él para saber qué tal le iba, recuerda que desde
verano no tenía contacto con él. Juan ahora está viviendo sólo,
con un trabajo de mierda en el que lo explotan (de portero de
edificio) y ha desarrollado, en mi opinión, una seria obsesión con
los gatos, puesto que es lo único que publica en Facebook"
Pulso
el botón para parar la grabación. Mis manos sueltan el boli y le
dedico un aplauso. Le doy un abrazo. No sólo porque esta vivencia no
se la desearía a nadie, sino porque lo que le sucedió con Juan
no tiene mucha importancia comparado con otras partes de la biografía
de Anónima1 que conozco, pues nuestra amistad es ya añeja. Es
tarde. Ha parado de llover y debo volver a casa. La gata ha optado ya
por rendirse en los brazos de un Morfeo gatuno. Me despido y
Anónima1 me dedica una pícara sonrisa antes de irme al tiempo que
me dice: "a ver si le gusta mi historieta a la gente...".
Por el camino no dejo de pensar en lo que pasó con Juan y
Anónima1, que auque ya lo conocía, y como ya he admitido, siempre
me vuelve a sorprender.
Tiempo
de descuento para última relfexión. Ecos de su potente sentencia "y
decidí que no iba a ser yo la persona que le iba a dar clases para
crecer" aún se han quedado en mis oídos. Y tiene razón,
pues nadie puede aprender a madurar, pue eso no se aprende. Se madura (o
no).
