Esta vez fui yo el que le insitió a Paloma para que me contase esta historia. La verdad es que conozco a Paloma muy bien, ya desde hace años, cuando fuimos compañeros de clase en el Ciclo Superior de Turismo que realizamos. Y, además, conozco lo que es trabajar en la hostelería en este país.
Este relato es uno de las tantos con el que, estoy seguro, cualquiera se sentiría identificado (cualquiera que haya trabajado en un bar o en un restaurante). Y también estoy seguro de que esta historia no es de las más gore que te puede llegar a contar alguien que sepa lo que es trabajar delante o detrás de una barra.
El cuadro del salón, su retraro a lo Maja Desnuda de Goya que yo mismo pinté como regalo de su pasado cumpleaños, puso la nota pícara, nota tan sigular a la que Paloma nos tiene acostumbrados, a los que, por fortuna nos consideramos los mejores amigos. Paloma coge la 1906. Yo el boligrafo y el cuaderno. Pulso el on de la grabadora.
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"Necesitaba
el dinero. Y empecé a
trabajar allí. Fue dejar el currículum un miércoles y empezar el
lunes siguiente. Yo ya sabía lo que había. Trabajar en la
hostelería: muchas horas, mucho trabajo, mucho estrés.... y poco
dinero. Pero yo desde el principio ya intuía que no iba a durar mucho
tiempo en aquel bar. La jefa demostró, ya desde el primer día, que
era un poco especial... por no decir... insufrible.
Y no tardó mucho tiempo en confirmarse esto.
Y no tardó mucho tiempo en confirmarse esto.
Un día, justo a los 15
días de empezar a trabajar allí, entré en la cocina. Tenía
hambre. Excepto por la pausa de 20 minutos para comer y la pausa de
20 minutos para cenar, los empleados teníamos prohibido comer. Y eso
que trabajaba más de 12 horas diarias, desde las dos de la tarde a
las dos de la mañana. Y bueno, que la jefa entró en la cocina en el
mismo momento y me cazó
comiendo una croqueta. Me dijo tajante:
- Que
sea la última vez que te veo entrar a la cocina sino es para hacer
algo, coger algo, o dejar algo. Sino, ya sabes dónde está la
puerta
Yo
pensando para mí: "serás cabrona tía... no es para tanto... y
si lo es, pago entera la ración de croquetas..."
Pero
eso... que chocábamos demasiado, me provocaba y tengo que admitirlo,
yo no me quedaba callada y le contestaba. Yo iba allí a trabajar, no
iba allí para aguantar gilipolleces.
En
principio tenía contrato para un año, pero llegó el momento en que
me di cuenta de que ya no podía más y 15 días antes de hacer el
medio año trabajando allí, me dijo que tenía que hablar conmigo y
tuvimos otra reunión.
- ¿Paloma...
tienes algún problema?
- Sí,
tengo muchos, pero mis problemas los soluciono yo.
- Ya,
pero si tienes algún problema, también es mi problema.
- No.
Mis problemas, son míos.
- Ya,
pero me afecta a mí.
- Pues...
mi problema eres tú.
Y
ahí empezamos a hablar a fondo, y yo no me corté un pelo.
- ¿Y
yo por qué soy tu problema?
- Es
que me tratas fatal, sólo te falta decirme ¡pedazo de mierda
ven aquí! ¡Y que no... que no te aguanto tía!
- Bueno,
pues ya sabes dónde está la puerta porque para tu sitio hay 400
personas esperando.
- Bueno
ya lo sé, pero si sigo aquí trabajando, será por algo, ¿no? pero
mira, si no estás contenta conmigo, ¡me echas!.
- Puedo
hacerlo, pero no lo hago, porque quiero que sigas trabajando aquí.
- Pues,
ya veo, ¡vaya forma de hacer que me quede!
Ahí
quedó todo. Y aunque es verdad que las cosas se distensaron un poco,
yo fui precabida, y esa misma noche hablé con los conocidos de un
local que había enfrente, por si algún día necesitaban a alguien.
4
días después de la ultima reunión con la insufrible
esa, le dije que eran mis últimos 15 días trabajando allí. Antes de que acabaran esos 15 días, me dijo que no hacía falta que no volviera por allí a trabajar, que esos días eran los días de vacaciones que me debía. Yo
acepté muy contenta su decisión. No me preguntó ni adónde me iba
ni nada, y coincidió que al final si que había un puesto vacante en
el local de enfrente.
Una
semana después, tuve que volver al bar de la insufrible para
arreglar los papeles y toda la burocracia, ya sabes. Cuando acabamos
de hacer el papeleo, y justo antes de que yo me fuera, la tía aún
tuvo la cara de decirme con retintineo:
- Mucha
suerte ahí enfrente, que ya nos enteramos... y no por tí.
A
lo que yo, con el mismo retintineo, repliqué:
- Bueno...
ya no te tengo que dar explicaciones de nada.
Me
di la vuelta, cogí los papeles, cogí el dinero que me pertenecía...
y me largué".
☕
la mini
entrevista
Costoya: A ver, una
cuestión que seguro que intriga a todos los lectores, ¿de qué era
la croqueta para que fuera tan preciada para ella? Porque para que
ella reaccionase así...
Paloma: (risas) ¡Y tan
preciada! Pues no me acuerdo, pero creo que era de jamón o pollo.
Eso sí, las croquetas de allí eran caseras. Y me pierden las
croquetas caseras.
Costoya:
Igual era de marisco, y con lo caro que va... (risas), pero entoces,
¿no podíais comer nada de nada, aparte de las pausas de la comida y
la cena?
Paloma: Ni comer ni beber
nada, excepto agua. Sólo podíamos beber un café después de comer
y otro café después de cenar. Ni refrescos, ni zumos ni nada... si
queríamos algo, lo teníamos que llevar de casa, ya ves...
Costoya: En fin... Pero vamos a analizar la discusión que se originó por
una inofensiva croqueta. ¿Cómo fue el momento ese de máxima
tensión en el que te sinceras con ella y le dices a la cara que ella
es el problema?
Costoya: Te entiendo... A todo esto, ¿la
volviste a ver desde entonces?
Paloma: Hace tiempo que
ya no la veo, pero las veces que la vi por la calle, me torció la
cara. Al bar volví alguna vez, pero sólo para ver a los que eran
mis compañeros de trabajo de entonces.
Costoya: ¿Y qué tal los excompañeros de trabajo?
Paloma: Pues sólo queda
una, la ayudante de cocina. Los demás se acabaron yendo, ya imaginas
cuál es la razón, ¿no?
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