Preparo dos tazas, una cucharilla y el
azúcar. Tenía que escribir esta historia algún día. Ya me la
había contado cuando yo era un niño, pero hoy es el momento en el
que esta vivencia de mi abuela quede sellada por la escritura, y
pueda así compartirla con todos vosotros. Se trata de un recuerdo
aislado pero vívido, que la marcó para siempre.
La cafetera hecha
un hilo de humo, el cual me indica que ya está lista para el viaje.
Volvemos a aquellas épocas en las que el ruido del vuelo de un avión
aún confundía, pero sobre todo asustaba, nos dirigimos a un tiempo
en el que los que hacían dieta y deporte para cuidarse eran vistos
como locos, y desde luego, nos trasladamos una época en la que el
poder enviar un whatsapp hubiera sido considerado como un
milagro del Altísimo. Retrocedemos con este café a la época de la
Posguerra en España, y nuestros guías serán mis abuelos.
☕
"Fue en los años 40, después de
la Guerra. No me acuerdo en qué año exactamente y no sé qué años
tendría de aquellas, pero fue antes de casarse, eso seguro. Era
verano. Era la primera vez que iba a la playa, y era también la
primera vez que veía el mar, porque ya sabes que nacimos en aldeas
de interior. Y allá se fue a Vigo, porque tenía parientes allí. Un
hermano y una cuñada, creo.
No sé en qué playa de Vigo, pero fue a
una playa, creo que Samil. Y allí se aventuró a ir a las rocas, a
las "penas", según ella. Tanto se fue a aventurar que se
subió a una de las rocas que se adentraban en el mar y se quedó
distraída mientras miraba el mar. Así fue que la marea subió y el
agua empezó a rodear la roca, sin que tu abuela se diese cuenta.
Pues porque como venimos del interior, no sabíamos que el agua del
mar sube y baja, no sabíamos lo que eran las mareas. Y claro,
tampoco de aquellas nos enseñaban a nadar.
Cuando se quiso ir, el agua casi cubría
por completo el lugar por el que subió a la roca. Y cogió miedo. Y
no supo qué hacer. Por suerte, menos mal que pasaba por allí un
señor, un pescador, creo. Él la rescató casi cuando el agua ya
empezaba a cubrir toda la roca. Y cogió miedo ¡eh!, tanto miedo
cogió que nunca más quiso volver a la playa, hasta el verano de
1975, después de casarnos.
Fuimos un día a Rianxo. Aún me
acuerdo, sí, ella no quería acercarse al mar, quería quedarse
atrás de todo, en la arena. Tenía miedo. Pero después la convencí
para que se mojase los pies. Y eso le gustó, pero tan sólo metió
los pies. Y después de aquella vez, le volvió a gustar la playa
¡eh!, y los paseos por la playa, a la orilla del mar, de una punta a
otra, sobre todo en Aguieira, su playa preferida. Sabes donde está,
¿no?, en Noia, ¿no te acuerdas que cuando érais pequeños íbamos
siempre allí? ¡Qué recuerdos!...
Nunca aprendió a nadar, no quiso
aprender. Tan sólo mojar los pies, o como mucho meter las piernas
hasta la mitad. Y desde allí, desde la orilla, se quedaba mirando el
mar...cómo sube...como baja..."
☕
El último sorbo de este café es más
amargo, frío y cortante que de costumbre, como la
sensación que experimento al estar de vuelta en el siglo XXI, pues
no quería volver. Me gustaría poder quedarme un poco más en
aquellos años y recopilar historias que ya han caído en el olvido,
y sobre todo, preguntar... preguntar tantas cosas. Sin embargo, debo
volver al 2015, pues tengo que acabar de escribir esto que he
empezado. Mi abuelo y yo nos esquivamos la mirada, no nos gusta
demasiado la idea de estar de vuelta tan pronto, pero tenemos que
acostumbrarnos a la vuelta, pues aunque los mejores recuerdos
pertenezcan al presente, nacieron en el pasado, y también le
pertenecen.
☕
la mini
entrevista
Sin
respuestas sería posible preparar
preguntas para una entrevista, pero sabiendo que mis preguntas ya nunca
obtendrán respuesta alguna, deja el título de esta sección de
Café con Deiviz sin sentido, lo sé.
Pero...
Le pedí a mi abuelo que me contase
esta historia, pues significa mucho para mí. Me pone contento y a la
vez triste el mero hecho de volver a escucharla. Y sé que a mi
abuelo también. Aún así quiero agradecer a mi abuelo que haya
esbozado alguna sonrisa mientras la contaba. Sé que vi brillar sus
ojos en algún momento del relato, no sé si de emoción o de rabia,
pues recordar no es tarea fácil para una persona mayor, y mucho
menos, querer recordar.
La foto del principio es de abril de
hace ya 3 años.
Por aquel entonces yo, a caballo entre
Santiago y Utrecht, estaba de vacaciones en Compostela y cuando supe
lo que pasaba, no dudé en quedarme todo el verano, pues sabía que aunque ella
estuviera en el hospital, esta vez no se iba a poner bien. Me despedí
de ella a principios de septiembre, con la promesa de volver a vernos
a finales octubre. Yo quería quedarme, pero no podía, pues debía
volver al trabajo en Holanda.
Pasaron lentos los días hasta que ya
estuve de nuevo en Galicia. Sin embargo, el vuelo que cogí de
regreso a Santiago fue, finalmente, a principios de octubre. Se
despidió, sí, pero ella nunca se quiso ir.
Me hubiera encantado tomar ese café
contigo, abuela. Sé que tú no tomarías café, porque no te gustaba.
Tomarías una manzanilla, porque después de comer sólo te gustaba
la manzanilla. Eso sí, con mucho limón.