☕ Xela y los musicales de West End


Las luces bajas y la música del piano en el restaurante Airas Nunes pusieron el toque íntimo a nuestra conversación.

Elegí a mi buena amiga Xela para que compartiese conmigo y con todos los lectores, una de las muchas e interesantes experiencias de su vida. Ella, una máster en el ir y venir por el mundo, se disponía a contarme la historia de su primer trabajo en la capital inglesa.


Decir que esta historia me toca la fibra de lo más personal, pues yo también sé lo que es trabajar y vivir en el extranjero y también sé lo que se siente en esos momentos en los que miras alrededor y te das cuenta de que no va a aparecer nadie conocido que te salude, cuando te das cuenta de dudas de si, en un bar, cuando quieres pedir un café, te van a entender o te van a juzgar por el acento, cuando te das cuenta de que todo lo que quieres decir, lo tienes que pensar (por lo tanto se esfuma la espontaneidad...). En fin, sentir lo que se siente cuando te das cuenta de que todo lo que creías saber del mundo no sirve de nada, pues sabes que sigues en la Tierra, pero estás en otro mundo totalmente distinto.


Xela, ya cogiendo la tetera color aguamarina, ayuda a un hilo té a deslizarse en la taza, decorada con motivos vegetales de estilo art nouveau. De repente, un aroma a frutas del bosque empieza a inundar toda la mesa. Mi café ya hacía rato que lo había acabado, pero aún así fui paciente hasta que su taza estuvo llena. El té hay que dejarlo reposar unos minutos. 
Xela sonríe levemente mientras mira un momento hacia lo lejos, como si en un instante estuviera viéndose en Londres de nuevo. Se acerca la taza con cuidado a los labios y da un sorbo.

Sé que es el momento de pulsar el rec de la grabadora. Xela me mira. Me doy cuenta de que mi atenta mirada a través del cristal de las gafas le indica que estoy listo para que ella comience a recordar y a compartir sus recuerdos conmigo, con nosotros. Let's go.


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“ Fue en el verano del 2011, y como siempre me iba a Londres a aprender inglés. Pero esta vez fue diferente. Reservé el curso en una escuela y como me iba a alojar en casa de unos amigos, fui un mes antes para instalarme. Como no iba a hacer nada durante ese mes, decidí buscar un trabajo.

Repartí y repartí currículums por todos lados, pero nada. Un día, andando por Picadilly Circus , ví un cartel que ponía que necesitaban gente, así que me dirigí a aquel local.



Me encontraba en una oficina de ventas de entradas de musicales. Allí había una señora en el mostrador que hablaba apresuradamente con todo el mundo, loca y estresada. Después de su verborrea, en dos minutos salí de allí con trabajo. Empezaba a las 9 al día siguiente y tenía que llevar el pasaporte o el DNI.



Llegó el momento de comenzar con mi
andadura laboral londinense. El jefe, un señor que se parecía a Danny de Vito pero con pelo y un sombrero me explicó lo que tenía que hacer: ir a los lugares donde se hacían musicales a comprar entradas, llevarlas a la oficina y por cada entrada que trajera, me pagarían una comisión.

Dicho de otra forma, ellos se dedicaban a revender entradas de musicales. Aquí, en España, sería totalmente ilegal, pero allí desde luego que no, puesto que pude comprobar que había muchos sitios en los que se revendían entradas y tenían carteles enormes anunciándolo al público. Esta venta de entradas en estos punto ofrecen la posibilidad de obtener las localidades para los espectáculos justo minutos antes de que empiecen, de otro modo no podrías entrar, pues la taquilla se encontraría cerrada.

Aunque también había ingleses trabajando, para llevar a cabo esta transacción también contrataban a extranjeros para dar el pego y poder así conseguirlas sin problema. Quiero aclarar que si en algún momento fue ilegal, yo tan sólo compraba las entradas con dinero real, otra cosa es lo que hicieran ellos después.



Empecé ilusionada, pues parecía que se me iba a dar bien. No me costaba conseguir las entradas. Aunque es verdad que había días que ganaba mucho, había otros que me pasaba corriendo de musical en musical y ganaba apenas tres libras, pero he de confesar que no me disgustaba.

A los amigos que se lo decía no se creían que me pudiera gustar y dar bien ese trabajo, pues no era para nada un menester hecho para mí. Pero bueno, por lo menos me daba para pagar las cañas y, en cierto modo, para mí era un logro el que pudiera manejarme tan bien en otra situación y en otro idioma distintos, pues era la época en la que empezaba a irme al extranjero por temporadas y me costaba mucho lanzarme a hablar en inglés.



Recuerdo vivamente que la oficina olía a canela por la tarde, porque al lado había una panadería que hacían pasteles de canela, y claro, yo estaba cansada de andar todo el día por la city buscando musicales y deseando llegar a casa, y de verdad que era una tortura llegar exhausta, empapada y con hambre y que te llegase ese olorcillo. Pero bueno, me mortificaba y me reconfortaba a la vez.



Pasaron los días y empezaba a darme cuenta de que cada vez me resultaba más dificil conseguir entradas, y que en sitios donde normalmente era llegar y besar el santo, no me las querían vender. Se lo conté a mi jefe y me comentó que era posible que ya me empezaran a conocer, entonces me recomendó que quizás debería empezar a usar pelucas, vestirme diferente, usar lentillas de colores... hacer todo lo posible para que no me reconocieran.


Ese fue el momento en el que decidí dejarlo. Una cosa era inventar tonterías de aquella manera para hacerme con las entradas, pero otra cosa muy diferente era ya disfrazarme como parte del trabajo. Me parecía desmesurado. No dije ni que me iba ni nada, al fin y al cabo no tenía contrato. Simplemente no volví más por allí, aunque la verdad es que cuando me coincidió alguna vez de pasar por la calle de la oficina, me entraron ganas de entrar y saludarlos, pero por otra parte sabía que allí estaban todos locos y que la gente que trabajaba para ellos no duraba mucho y que tampoco les importaban mucho, asi que siempre me acababa preguntando “¿para qué?”



Y esa es la historia de mi primer trabajo en Londres. Raro, de usar el ingenio y quizás ilegal, no lo sé, pero por lo menos gané algo de dinerillo para mis cosas, y la verdad es que ese verano, gracias a ese trabajo, y después de andar todo el día con entradas en la mano, pude disfrutar también de algún que otro musical a precio de ganga. ”

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la mini entrevista
 

Costoya: Lo que se hace a veces por ganar algo de dinero ¿eh?... quería empezar por preguntarte, y seguro que es una pregunta que tienen todos los lectores, ¿cuánto fue lo máximo que llegaste a ganar en un día?

Xela: Creo que fueron 60 libras, y la verdad que fue un subidón para mí.

Costoya: No está nada mal... pero ahí va otra pregunta que seguro también tienen todos los lectores, ¿alguna vez llegaste a pensar que estabas haciendo el ridículo por unas cuantas libras al día ?

Xela: La verdad que alguna vez sí. La situación más bochornosa en la que me ví inmersa fue la vez que tuve que ir al musical de Mamma Mía a conseguir entradas con un italiano que no hablaba casi nada de inglés. Se notaba a leguas que ni nos conocíamos ni había compenetración entre nosotros, pero allá fuimos. Cuando estábamos a punto de conseguir las entradas, el italiano me preguntó en inglés “¿cuántas entradas teníamos que conseguir?”, y nos echaron de allí. Después de esta situación tan vergonzosa, siempre que intentaba volver a conseguir las entradas, no me las querían vender. (risas)

Costoya: Ya que contaste la anécdota del musical de Mamma Mía, supongo que tendrás alguna anécdota cuanto menos impactante de tus jefes tan peculiares, ¿no?

Xela: (risas) Recuerdo que una vez una señora y su hija fueron a la oficina a reclamar una devolución de dinero porque les habían vendido unas entradas en las últimas filas cuando ellas habían pagado muchísimo dinero por unas entradas en primera fila. El jefe les ofrecía tan sólo 10 libras de devolución y se las puso en el mostrador. La señora le tiró el dinero del mostrador exigiendo todo o que habían pagado por las entradas y el jefe le lanzó el dinero a los pies de la señora para zanjar la reclamación. La señora le escupió en la cara y el señor (recordemos que era una versión a lo Danny de Vito pero con pelo) saltó por encima del mostrador ayudándose con un brazo y salió de la oficina gritando y persiguiendo a la señora por la calle. Yo me quedé en plan “¡qué percal!” mientras la hija me miraba en plan: “¿cómo puedes trabajar para ellos?”. Fue muy cómico y a la vez horrible.

Costoya: ¡Vaya! ¡Eso si que es atención al cliente! (risas) y cambiando de tercio, ¿Qué dirías que fue lo que más te impactó de tí misma, en el sentido de que nunca pensaste que lo pudieras llegar a hacer?

Xela: Pues como ya dije, el hecho de poder expresarme en inglés y sobre todo el tener esa soltura a la hora de inventarme las historias para conseguir las entradas. La más frecuente que usaba era que yo estaba en un grupo de turistas y que los había perdido, pero que me habían encargado a mí el comprar las entradas para todos.

Costoya: Bueno, te entiendo perfectamente. Como ya sabes, viví en Holanda unos años y realmente sabes que sin darte cuenta descubres muchas cualidades que desconoces que posees y que pones en práctica al verte en otro tipo de vida distinta a la que estabas acostumbrado. Pero bueno, no nos vayamos del tema, como última pregunta: imagina que te vas otra temporada a Londres, ¿volverías a realizar el mismo trabajo o un trabajo similar?

Xela: Si no tuviera otra cosa, sí. Es que es lo que tu dices. Cuando te ves en otro país, en otras circunstancias, haces cosas que realmente no serías capaz de hacer aquí. Quiero decir, nadie te conoce, estás en otro mundo con otras reglas. Además es Londres, una ciudad tan enorme y tan agresiva... es como la selva, así que en verdad te sale solo el instinto de supervivencia que todos llevamos dentro.

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La Berenguela nos anuncia que son las 10 de la noche. Tiempo para recoger e irse. Salimos del restaurante y, aunque hace frío, vamos dando un paseo por las graníticas calles de la zona vieja de Santiago. Esta vez, el aroma a piedra compostelana, mojada por un fugaz orballo, complementa perfectamente nuestra conversación de camino a casa. Hablamos de cuando estuvimos en el extranjero, y de todas esas vivencias y sentimientos que sin darnos cuenta, ambos compartimos. Y es en verdad así, pues los neoemigrantes como nosotros podríamos dar miles de conferencias de lo que se siente cuando estás tú solo contra otra realidad que apenas conoces, pero desde luego, el vivir un instante de esa realidad es mucho más intenso que todas los adjetivos que puedas buscar para definir lo que realmente se siente cuando abandonas lo familiar. Y ese aroma de Santiago, que tantas veces llegas a echar de menos sin querer, huele ahora diferente. Sí, nos huele ahora diferente. Antes quizás era tan solo un aroma más. Ahora, para nosotros, es el aroma de  sentirse de nuevo en casa.

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