Había llegado el momento de pedir los cafés y los postres. Anónima2 siempre tiene historias para contar, pero no suele revelarlas tan fácilmente. Después de comer, el camarero trajo los dos cafés con leche y ese fue el momento en que ella, mirando el café, se decidió por fin a contar un cuento de sobremesa. Animada por mis ganas de escucharla, para luego transcribir sus palabras para Café con Costoya, sonrió levemente. No se decidía por ninguna en concreto, pero al fijarse el motivo con el que el camarero había decorado su café supo el tipo de historia que iba a contar.
Este mini relato, englobado en una vertiginosa historia de amor, la devuelve a un tiempo pasado que la marcó de por
vida, según ella misma reconoce. Sin embargo, dejando atrás la
nostalgia y las cicatrices del amor, siempre quedan los buenos ( sorprendentes y graciosos) recuerdos. Quiso compartir su vivencia de forma anónima conmigo y con todos nosotros. No hay fotos que la delaten, por lo tanto he elaborado diseños para ambientar la historia, para mantener su anonimato, así me lo pidió expresamente.☕
" Que ¿qué pasó? Mira... resulta que
era mi cumpleaños. De aquellas estaba liada con un compañero
de trabajo del restaurante... era una no-relación un poco tormentosa
de más... lo admito. Llamémosle al chico.... hmmm... Quique.
Esa noche me habían dejado salir antes
de trabajar para celebrar mi cumpleaños, y había comprado bebida
para tomar algo en casa con Roberto, otro compañero de trabajo. Mientras tomábamos algo para esperar a Quique que salía de trabajar más tarde, yo me arreglaba y me ponía mona para salir de fiesta. Estaba muy ilusionada. Se nos
hizo tarde y llegamos sobre
más o menos 15 minutos tarde al bar donde nos esperaba Quique. Cuando entramos en el bar me di
cuenta de que él no estaba. Pregunté al camarero si Quique había
estado allí y me dijo que se había ido hacía un rato.
Yo, que estaba ya algo borracha y muy
enfadada, lo llame por teléfono:
- ¿Dónde estás? Estamos en el bar.
- Claro, tú en casa con él, con
bebida... ¡y yo como un panoli esperando!... ¡a saber que harías!
... ¡ahora ya no voy!
Y me colgó el teléfono.
Yo, que ya estaba muy, muy enfadada, me
enfadé aún más y lo volví a llamar y sólo le dije:
- No vuelvas a hacer eso. Sólo te llamo
para que sepas cómo sienta.
Esta vez colgué yo el teléfono. Nos fuimos Roberto y yo de juerga. Y
claro, entre el cabreo y la borrachera suprema, el primero que pillé
por banda, pues me acosté con él. Sólo por despecho. Ya que Quique
estaba celoso por Roberto sin motivo ninguno... por lo menos Quique
ahora sí iba a tener un motivo para estarlo.
El chico de la noche de despecho era un
conocido de Roberto. Todo se empezó a enmarañar cuando hablando y
hablando me entero que este chico estudiaba en la misma academia de
inglés a la que Quique iba, pero no le dí mayor importancia. Una coincidencia del destino.
Por la mañana, nos despertamos y yo
tenía que ir a trabajar a la 1 de la tarde. El chico insistía e
insistía en acompañarme al restaurante. Yo intentando disuadirlo con
“que no hace falta, que no te preocupes...” No hubo manera. Por
lo menos le dejé claro que me podía acompañar pero que cada uno
por su lado al llegar a la entrada. Así fue. Ese día concidía mi
turno con el turno de Quique.
Y de repente me doy cuenta de que sobre
las 3 de la tarde el chico de la noche no sólo volvió para tomar
algo en la barra del restaurante, sino que vino para pedir unas gafas
de sol que se había olvidado sin querer en mi casa. Y justo se
lo dijo a Quique, que estaba en la barra del restaurante en ese
momento.
- ¿Qué tal tío? ¿Cómo va el inglés?
Por cierto, le puedes decir a la chica de la cocina si me puede traer
mañana las gafas de sol que me las dejé, sin querer, anoche en su
casa?
Luciendo media sonrisa, vino Quique a
la cocina para darme el recado:
- Oye... que dice el chico de la barra
que le bajes las gafas de sol que se dejó, sin querer, ayer, anoche,
en tu casa...
- ¡Pfffffffffffff....! vale, dile que se
las traigo mañana...
Al día siguiente llevé las gafas de
sol al trabajo. El chico vino sonriente y preguntó por las gafas. Y
también coincidía que trabajaba con Quique ese turno de tarde, el cual me vino avisar
a la cocina de que el chico ya había llegado.
- Está ahi, viene a por sus gafas.
- Vale. Toma, dáselas tú.
Lo mejor de todo, llegó dos semanas después. Roberto me trajo
noticias del olvidadizo chico de las gafas de sol. Noticias
bastante...¿cómo definirlas? Mejor las cuento y que juzguen los
lectores y las lectoras.
El chico le contó a Roberto, que se
había enterando de que yo estaba saliendo con Quique (recordemos que estaban en la misma academia) y resultó
que un día por la tarde se había cruzado por la calle con Quique y
un amigo de Quique que mide dos metros y además es corpulento. Al parecer lo
miraron muy, muy mal. Y después de contarle esto a Roberto, añadió rotundo:
- Es que Roberto, ¡acostarse con esa tía
es como una montaña rusa!: primero pasas la emoción y subidón de
echar un polvo con ella, y luego pasas el miedo cuando, sin previo
aviso, te encuentras de frente al novio y al pedazo amigo ese por la
calle. "
☕
la mini entrevista
Costoya: Así que una montaña rusa...
descarrilada... (risas)
Anónima2: Sí... no sé aún cómo
tomármelo...(risas). La verdad es que es una descripción muy
ingeniosa.
Costoya: Y que, ¿volviste a ver al
chico alguna otra vez?
Anónima2: Sí... me lo crucé alguna
vez por la calle. ¡Y hacía que no me conocía! ¡Imagínate si pasó
miedo! (risas) ¡El tío nunca más me volvió a mirar a la cara...!
(risas)
Costoya: Pues ya me dirás quién es, si
nos lo cruzamos por la calle.
Anónima2: ¡Ay está feísimo! ¡No me
gusta nada! Aparte... bueno... no sé si lo puedo decir.... si es muy
apropiado, pero me gustaria concretar una cosa.
Anónima2: Pues que estaba... muy, muy
dotado. Y cuando estábamos en pleno acto yo
estaba desde el primer momento deseando que acabara. Borracha, a
oscuras...y yo me decía: “Dios mío, ¿qué puedo hacer ahora?”
Horroroso.
Costoya: Vamos, ¡que el subidón y el
miedo también lo pasaste tú! (muchas risas)
Anónima2: (risas) Sí... lo peor de
todo es que se estuvo pavoneando por ahí de que se acostó conmigo,
según me enteré por Roberto... ¡cómo son los tíos a veces por
fardar! ¿eh? Además que fue un polvo patético... Si ese fue el
mejor polvo que echó en su vida: ¡anda que aún no le queda nada al
tío por follar ni nada...! ¡Qué triste!
Costoya: (ojos como platos y risas) ¿y
cual dirías que es la moraleja que sacas de esta historia?
Anónima2: No me cuelgues nunca el
teléfono.
☕

